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Queridísima e irritante Simone

Simone Weil, se mire por donde se mire, es una figura que se aparta, disiente, extraña. Se dice que La Pléiade pensó en publicar sus obras, y que alguien de los grandes allí editados - a mí me gusta fantasear que fuera Julien Green - hizo un contundente razonamiento: "Si ella está aquí, ¿qué hacemos ahí nosotros?" Es decir: Esto no es literatura, señores. Ni siquiera la más alta. Y así es. Esa escritura de la Weil no es literatura, ni ninguna otra cosa; y la propia Simone ¿qué es?, ¿quién es? Obviamente se la puede valorar y colorear ideológica y políticamente, por ejemplo; y esto último es lo que ha hecho a veces pro domo sua cada quisque, y otras tantas por la obviedad de las opciones socio-políticas  mismas de la Weil, que, sin embargo, tienen una trastienda realmente mística, que, lógicamente, no es nada partidista ni ideológica. Pero, en cualquier caso, no se suelen subrayar, a este propósito ideológico o político, aspectos de una soberana lucidez política, como que ella, una pequeña profesora de un Liceo provinciano, describió la naturaleza criminal del nazismo como la repetición industrial y tecnológica de la Roma vorax hominum, y sabía perfectamente el matadero que era la URSS, con sólo leer L´Humanité, sin tener que esperar a la caída del régimen ni a los papeles del Kremlin; es decir, algo que parece que ha estado al alcance de muy pocos, y desde luego no de la alta intelligentsia ni de la sovietología científica occidentales. Y, por lo que respecta a España, ni alusión hubo nunca - y sigue sin haberla - a la clarividente y desgarrada, agónica carta, que escribió a Bernanos sobre la guerra civil española, cuya lectura ahora mismo nos sería tan necesaria para ver lo que no queremos ver en su terrible desnudez, y debería levantarnos sarpullidos en el alma a los hunos y a los hotros de entre los españoles, según la muy exacta expresión unamuniana (1).

Un místico también puede ser movilizado ideológica, política y culturalmente, desde luego, - y no haría falta más que recordar la verdaderamente folklórica militarización partidista de Teresa de Ávila en la post-guerra civil española -, pero es en balde, incluso en cuanto a provecho último de sus movilizadores; exactamente como tampoco sirve un místico para ornato palaciego. Pero todo esto se seguirá intentando, y la escritura de la Weil también ha sido, y es, llevada de un lado para otro, y trasteada  hasta en los salones, como la Teresa de Ávila fue llevada por su propia ingenuidad al palacio de la de Éboli; cuando puso en las de la Princesa su autobiografía, en un instante de imprudencia, y para pesar muy amargo suyo luego, ciertamente. La de Éboli, en efecto, tenía que ver con Teresa y su obra lo que la Weil con la literatura, la sociología, la filosofía, la política, la mundanidad cultural, o pongamos cualquiera otra cosa. Unamuno tuvo aquel sarcasmo a propósito de Menéndez Pelayo, afirmando que éste creía que la mística era un género literario; y todavía podemos reírnos, pero no de Menéndez Pelayo, sino de que todavía funcionan así las cosas. Sólo que ¿cómo funcionarían de otro modo?.(2)

 

¿Cómo podría decir el mundo, la construcción cultural de éste, que la mística es lo que es? No sería el mundo, se desconstruiría a sí mismo; porque la mística es la negación del mundo, de su consistencia, el pasmo ante su no-nada, su sustancial vacuidad. Teresa de Jesús lo explicaba muy bien, cuando decía que tomaba el mundo a peso, y no la pesaba; estaba en medio de él, y la parecía que soñaba. Y sabemos que Juan de la Cruz se asía, a veces, fuertemente a un muro, una puerta, o un mueble, o se hacía daño en las manos, o se pellizcaba, para no escapar de la realidad externa, mundana y social, de la que ni se percataba (3). Luego, se han hecho infinitas interpretaciones a estos y otros gestos o conductas de estos extraños, como se han hecho de su obra; pero, con mil perdones, tengo que echar mano, aquí, del muy burdo pero muy eficaz símil del  pobre asno que entra en una cacharrería, o tienda de cerámica: no sólo no puede entender nada, sino que cualquier movimiento, hecho con la mejor voluntad de no tropezar cualquier cosa, hace añicos aquellos frágiles y hermosos barros. Es así. Teresa de Ávila, metida en asuntos de oración y amor a un Rostro invisible, no podía entenderse con la muy mundana Princesa de Éboli, incluso si ésta tenía antojo por entonces de hacerse monja, a ver qué era eso, o por tener una experiencia más, que se dice en nuestro mundo; pero la psicología, la sociología, la filosofía, la teología misma, ¿qué hacen en esa cacharrería? Nada, destrozos. Van allí a valorar y a sentenciar, y teología mística sólo significa esto: tribunal de ortodoxia, hasta lingüística, frente a experiencia y escritura místicas. Y necesariamente, porque la mística es uno de los dos caminos - y no hay otros - para escapar de la mentira religiosa; el segundo es el ateísmo. Y ambos caminos son de una tal seriedad y radicalidad, y una "cacharrería" tan delicada, que más vale no entrar ahí, y seguir en el "divertissement" mundano - en el sentido pascaliano del término: para di-vertirnos del pensamiento de la muerte, que todo se lo lleva -, y asomarnos con temor y temblor; hacernos cuenta de que no vamos a entender gran cosa; así que debemos callar, y no decir tonterías al menos. Ya hay muchas al respecto.

 
Y la cacharrería incluye, en este caso, obra y autor, porque, en la fábula mística, como la llama Michel de Certeau, el autor es su escritura, y a la inversa; y, si la escritura es desconcertante, porque produce incluso su propia gramática (4), el autor es más desconcertante aún, y, con frecuencia, risible. Desde luego no es una personalidad; que esto es cosa de mundo, una mentira mundana más, como indica la palabra praestigium; el místico es un imbécil, un loco, un idiota, un don nadie. Le pillan de medio a medio todos los traumas, complejos y demás desgracias y patologías, médicas y psíquicas; es un marginal o déclassé social (5), o, de todos modos, manifiesta los signos de ser otro incomprensible o pintoresco, e incluso repele. Sólo basta pensar, sin salir de nuestro tiempo, en un místico mondain, por decirlo así, como el Secretario General de las Naciones Unidas, señor Dag Hammarsjköld, muerto en atentado aéreo, en 1961, durante las gestiones diplomáticas de pacificación del recién independiente Congo ex-belga. Teresa fue la puta de Ávila para algún inquisidor y bastantes gentes; y Juan de la Cruz literalmente un pobre hombre, un frailecillo de nada, que, además, se sentaba en el suelo como la mujeres de más baja extracción social y los moriscos; y con su palabra y doctrina, y su propio actuar, la sacaba de quicio a veces a Teresa, quien, como todas las mujeres, sólo quería ser feliz, y tenía como bien agarrado al mismo Dios, mientras que Juan, que por otra parte no poseía ningún atractivo humano - no era el guapo, apuesto, refinado, cultísimo,  y encantador Gracián que a Teresa la fascinaba - sólo sabía repetirla: ni esto, ni esto, ni esto; nada, nada, nada; desnudez y noche en todo; ni una concesión, ni una seguridad. Llegó a hartarse Teresa, y le contestaría a Juan con el evangelio en la mano acerca de los más impuros y malditos de los seres humanos, que Jesús acogía. Y, sin excusar para nada la bruticie y crueldad  de sus hermanos de orden, hay que comprender que debía de tenerlos también hartos aquel pocas carnes con su mismo vivir como un sarmiento o una zarza. Y se vengaron a la hora de su última enfermedad, pero él también pagó, con sus sonrisas y ternura, entonces, su antiguo proceder de lima sorda, como le apodaban, su rectitud y dureza como un huso. Teresa tenía sentido del humor e ironías encantadoras - sobre los varones, los funcionarios curiales eclesiásticos, y sobre sí misma especialmente -, y cóleras terribles; pero Juan, nada. Estaba allí, y su santidad soliviantaba. Y también su escritura. Encontró la más alta poesía - esto se regala siempre, siempre se encuentra - y la hizo añicos con sus comentarios. Obviamente, Ortega se dejó seducir por la mayor ligereza del mundo, cuando escribió aquello de el lindo frailecillo de corazón incandescente, que urde en su celda encajes de retórica extática. ¡Ja! ¿Lindo frailecillo aquel cara renegrida de morisco pobre; y encajes y retórica sus versos y escritura?. ¡Qué cosas! Pero todo esto es burla de salón intelectual y mundo, y ya está dicho que entra de lleno en la cuenta del místico y de su escritura: la irrisión y el juego con él y con sus adentros. Y, sin ir más allá, "Cántico espiritual", que contiene las imágenes del más alto erotismo, ha sido utilizado como suministro de exutorios sexuales del intelecto sobre todo - alta crítica -; pero claro está que también en Auschwitz, en los despachos de los "kapos", resonaba Bach, para satisfacer semejantes exigencias.
 

Por lo que sabemos de la Weil, desde muchacha repele, se hacía antipática. Una buena mujer se apeó del tranvía, cuando la oyó hablar con su hermano de cosas que ella no entendía, pero ambos   la ofrecían la imagen de dos niños repipis -aunque ahora se los llame super-dotados- con una conversación inaguantable. E inaguantable fue para monsieur Sartre y madame Beauvoir, que  tampoco podían seguirla; inaguantable para la administración de enseñanza francesa, y  seguramente no sólo por sus posturas más o menos sindicales; difícil para sus propios padres, sobre todo para su madre; insoportable para Trotsky, quien, tras una discusión con ella, salió de la habitación dando un portazo, y llamándola pequeña burguesa naturalmente, pero como el boxeador al que han partido la mandíbula; extraña del todo para sus camaradas anarquistas durante la guerra civil española, que sólo la consideraron útil para hacerse cargo de la cocina, en la que en seguida mostró, además, resultar completamente inhábil; inaguantable para el general De Gaulle, que dijo que era una loca, cuando ella le propuso saltar en paracaídas sobre zona ocupada por los alemanes; e incordiante e insoportable para los médicos en su última enfermedad, en la que se negó a comer por encima de lo que era la ración alimenticia  de todos; físicamente repulsiva para Georges Bataille, que hizo de ella el personaje de Lázaro, un hombre repelente por su físico aunque interesante en su actitud revolucionaria, en su novela, El azul del cielo Y conservamos un retrato de la Weil, que realmente es testimonio de una terrible desfiguración de su rostro y de su cuerpo, conseguida por un decidido abandono, porque fue una adorable muchachita, y quizás a monsieur Bataille no le hubiera parecido tan evitable entonces. Cosas de especialista en erotismos.

Pero ésta, la otreidad que extraña, asombra, o incluso repele, es la regla o la  norma mística, desde Simón el Estilita, que tanta gracia le hacía a Buñuel - porque obviamente no entendió gran cosa -hasta la Weil o la Etty Hillesum incluso, que no fue nunca una buena chica, sino de esas  gentes jóvenes, embarcadas en alguna aventura de los adentros, a las que el mundo dice: Por este camino no se sabe adónde vas a llegar. La respuesta es siempre: Adonde pongan el próximo campo de concentración, porque es ahí donde siempre acaba un místico; o en relación con el verdugo, que se dice en la tradición mística islámica; y no es necesario naturalmente que "lager" y verdugo sean un establecimiento y un empleado públicos, es suficiente la sociedad en que viven esos místicos, somos suficientes nosotros con nuestras categorías y nuestros comportamientos, es suficiente la mística aventura en sí misma, y, desde luego, la inevitable con-pasión del místico por su prójimo aplastado, que le lleva  a desposar ese aplastamiento y a clamar contra él, pero por los otros; no para echar de sí la carga. El místico es el único ser humano que puede, como un singular atlante, con el sufrimiento del mundo, y asume con amor su escoria. Aunque, a la vez, toda esa aventura desemboque también, para él, como en un oxymoro inimaginable, en la alegría, en la pradera en cuyo arroyo beben los caballos de Cántico espiritual, en la que Aminadab tampoco parescía.

 

Y bastante infantil es, así mismo, querer hacer de la Weil una especie de Lady Dy de élites alto-pensantes. Marc-Edouard Nabe ha comprendido muy bien todas estas cosas, cuando escribe: "Albert Camus se recoge largamente en la biblioteca de Simone antes de ir a recibir su premio Nobel, pero no lo suficiente como  para que le diera la fuerza de rechazarlo. Ella se llamaba garçon manqué, pero era sin embargo una fille manquée, una burguesa frustrada, una proletaria frustrada, una judía frustrada, una cristiana frustrada, de ahí su inmenso éxito en todo... La destrucción fue mi Beatriz, decía Mallarmé cuando se tomaba por Dante. "La auto-destrucción fue mi Virgilio", hubiera podido decir Simone Weil, guiada en la visita al Infierno y al Purgatorio de esta vida de aquí abajo, y luego abandonada por el suicidio en el momento de entrar en la muerte, ¡ese Paraíso!...Una salvaje total...Una de las múltiples razones que no han hecho de ella una santa; Cristo no es su amante, es su hermano... ¡Las pintas de Simone!. Su casquete a lo Berdiaeff; y, a lo Péguy, su de lo absoluto. Como Nietzsche, sabe que el cristianismo es la religión de los esclavos, ella quiere ser una esclava. Al superhombre ella opone la sub-mujer. Ya se sabe el resultado de este combate...La ascésis es su placer. Ella no se priva de nada. Las privaciones la llenan...En la vida es burlesca como en el cine. Negra y blanca, irritable, infantil, a lo Harry Langdon.; o entre una sufragista, o miliciana, y Pepito Pamplinas". Y una de las grandes inteligencias del siglo.

El místico será hombre o mujer - de ordinario mujer; y Lacan tiene a este propósito una página contundente, aunque muy atada aún a la polémica frente a la vieja idea sexualizante de la mística (6), y hay otra página de Karl Barth, mucho más radical por su alcance teológico, cultural e histórico (7) -; un pobre de mente y educación, o un brillante intelecto, una muchacha divertida como Cristina Wonderbore (ll60-1224), o Cristina la Admirable, que murió de intenso amor y en sus funerales se puso a revolotear por las vigas de la iglesia, y luego vivió en los árboles como los pájaros; o terrible como Surin, cercado de demonios; pero siempre otro. La fauna mística es extrañeza y extravagancia, extraterritorialidad. No sólo no es del mundo, sino que niega al mundo, como decía, o, más bien, comprueba y levanta acta de que "no es", no tiene sustancia ni consistencia. Y lógico es que el mundo no pueda, ni quiera, entenderle, ni soportarle; y que haga irrisión de él. Así  fueron, son, y serán las cosas entre el místico y el mundo, en cualquier geografía, y en cualquier cultura, laica o religiosa. Pero hay una fisura importante en la historia humana, realmente una sima que la separa en dos; en un momento dado - Nietzsche nos dijo que unos doscientos años antes de que el loco del que nos habla lo proclamara en el mercado-, Dios ha muerto. Y Simone Weil es una mística post mortem Dei; una mística de Viernes Santo especulativo, para decirlo como Hegel, pero sobre todo existencial; y de un Viernes Santo que ni siquiera es Viernes Santo, o conciencia de abatimiento, sufrimiento, fracaso, y muerte. Es día laboral, ordinario. Durante algún tiempo fue festividad secular: el Viejo Tirano había muerto, y se festejaba; y todavía quedan alegres jaraneros, trasnochadores de aquel festejo, pero ya menos. Se acabó la fiesta, como se acabó el pesar. Nada, no es nada ya ese día. ¿Noche? No. Tampoco noche, día de oficina o de fábrica, y noche para tomar unas copas e ir al cabaret. Calidad de vida, no hay más. O quizás sí: también miseria humana en cantidades inimaginables, y mataderos humanos inimaginables igualmente. Y el místico, Simone Weil en este caso, sí que se encuentra ahora a oscuras y en celada.

 

Ciertamente que, en Juan de la Cruz, estaban la noche  la desnudez total, una noche como un infierno en el que lo Real Último, que el místico persigue, Dios, desaparece. Pero ¡ah! sigue allí, tal es la convicción más profunda. Una conciencia y convicción que desaparecen, durante algunos espacios de tiempo al menos, en una muchachita que, a sus veinte años, desde su pequeña sensibilidad burguesa y cursi, desde la religiosidad blandengue de un convento provinciano de finales del XIX, es arrojada a los pensamientos y a las experiencias de los grandes testigos de la muerte de Dios: los Dostoievski, los Nietzsche, o los Heidegger; y de los científicos que proclaman la total inmanencia y suficiencia del mundo, sin ningún otro resplandor como no sea el de las partículas incandescentes de la materia. Me refiero a Teresa de Lisieux, quien, siendo todavía una mocosa, quedaba transida de sorpresa ante la mordedura del tiempo en los seres, porque la mermelada que llevaba de merienda al campo no tenía la relucencia de la mañana en la compotera o el frutero del comedor de casa, y que en lo sumo de su sufrimiento, apelaba al Cielo, y sólo veía y sentía que era un agujero negro: nada. Y ahí, frente a esa nada, fue machacada. Ella también fue una mística post mortem Dei, pero todavía quizás tuvo un clavo ardiendo donde asirse. Y lo hizo.

Pero la Weil está instalada, desde el punto de vista intelectual y de la sensibilidad, en la modernidad total, en la que ya no hay ni clavos ardiendo, y es alguien que se entrega a lo Real Último, no ya ut si Deus non daretur, sino etsi Deus non datur, y podríamos decir que estaba siendo expelido como humo en los crematorios de Auschwitz, y como materia orgánica en Gulag. Desaparecido para siempre. Independientemente de que luego ella hable de un encuentro con Cristo. Esto es otra cosa, que sabía muy bien Teresa de Ávila cuando hablaba de sus propias visiones, y que Juan de la Cruz haría objeto de durísima crítica. La propia Weil dice muy claramente a lo que hay que atenerse: "La ausencia de Dios es el más maravilloso testimonio del perfecto amor". Sólo que para la Weil, como para la Hillesum, ya no habrá una alcoba mística, ni un jardín de amor como el del Cantar de los cantares o el de Cántico espiritual, ni una morada de consumación como en Teresa de Ávila. "La fábrica es su alcoba mística, y es también la matriz de su simbolismo y de su léxico. La Cruz en conjunto es comprendida como un objeto manufacturado, el producto de un hecho artesanal.<El árbol de la vida fue un potro. Una cosa que no da fruto, sino movimiento vertical>. Y ella reforzará en <Espera de Dios> ese sentimiento de artificialidad estéril, describiendo la Cruz como <madera muerta, geométricamente escuadrada de la que pende un cadáver>. Ya no es árbol, sino potro, la Cruz es una máquina de suplicio, sorprendida en pleno funcionamiento; una vez su oficio hecho, mecánicamente realizado, una vez producida la cosa para la que ha sido concebida: producir cuerpos de Dios muerto", ha escrito François Angelier, que ha llamado sin embargo a la Weil, la sherpa del Tabor. Porque va a la transfiguración. No se trata del gabinete de Sade, en que en gran parte se ha convertido el mundo, sino del Tabor. Y ella tiene el secreto: "Cuando se ama a Dios a través del mal como tal, es verdaderamente a Dios a quien se ama".

Tal sería la transfiguración de lo divino o Último, a la que el hombre  sería llamado, y esa sería la  certeza última y primera, el je pense donc je suis, piedra angular de su Discurso del método, o la primera de las Reglas para la dirección del espíritu de la mística Simone Weil. Tal la teoría del conocimiento de lo Real Último, y una enunciación que nos reduce al silencio.

 

Aquí se liquidan todas las teodiceas, se responde a Job, y a Auschwitz. Y, como en el caso de la Hillesum, en el campo de tránsito hacia éste y su destino de muerte en las cámaras de gas,  se tienen ojos para la gloria y la hermosura del mundo - incluso si allí es un matojo enteco el que la presentiza -, se puede alabar a Dios y consolarle en su impotencia, y no sólo no desesperar del hombre, sino mirar compasivamente a los verdugos - es decir, no expulsarlos de lo humano sino  hermanarlos a nosotros mismos -, y, más aún, asumir ese mal, como el lugar de encuentro, no dialéctico y de teodicea, o protesta que interroga a la Divinidad sobre el mal y su sentido, sino encuentro amoroso entre Dios y el alma; esto es, precisamente "las cosas de mucho secreto" que Teresa ponía a cubierto de toda mirada  en la morada central del castillo interior, dispuesta para el Rey del mundo. Pero aquí no hay castillo, ni Rey del mundo, y las cosas de mucho secreto son el horror y la espesura del mal, que hay que desposar para ofrecer el amor y recibirlo del ausente y muerto para siempre, que así revela su Rostro.

Así que yo no me atrevo a escarbar más en esta fábula mística de Simone Weil, ni a tocar con comentario un solo texto suyo de esta clase. Me parece que lo haría añicos. Me quedo con la boca abierta solamente.

José JIMÉNEZ LOZANO    

 

 

NOTAS

(1) La relación entre mística y política ha sido pormenorizadamente expuesta por Aldous Huxley, que llama a la primera "religión teocéntrica" o "religión espiritual", fórmula que puede aceptarse perfectamente a los efectos de su exposición; y en términos generales, si nos ponemos de acuerdo en torno a ese vocablo "religión", con el que no estaría muy a gusto Karl Barth, ni yo tampoco; pero quizás el propio término de "mística" está ya muy viciado. Se llama ahora mística a cualquier cosa, como las antiguas patronas de estudiantes - aunque no sólo ellas - llamaban chocolate a cualquier cosa. Las páginas de A. Huxley  al respecto son espléndidas, y recorren la gama de esa relación entre política y mística, subrayando en primer lugar las actitudes de conocimiento del político, "viejo todo vestido de cuero", al que, como para la generalidad de los humanos, para los que "la potencialidad del conocimiento de Dios y de su unión con Él...está cubierta, como lo dice Eckhart, <por treinta o cuarenta pieles o cueros, como de bueyes, de osos, tan gruesos y duros>, es extraño  el místico u hombre teocéntrico. De manera que va, en sus relaciones con él, desde la hipocresía condescendiente al aplastamiento puro y simple. Porque el poder no puede tolerar que haya algo más real que él, e incluso algo Real Absoluto, ni tampoco un hombre como el místico en cuya "punta del alma" o cámara interior, no manda, como decía Saint-Cyran, "ni chancelier ni personne"; y que no lo oculta. Aunque, para Huxley, la magna obra del místico, en este ámbito de lo político, es su papel de humanización y antídoto de la barbarie. "Aquí  también - comenta a propósito de George Fox, tras haber aludido a Vicente de Paul - el antídoto ha sido insuficiente para neutralizar más allá de una parte de la ponzoña inyectada al cuerpo político por los estadistas, financieros, industriales, eclesiásticos, y los millones de indiferenciados que llenan las filas inferiores de la jerarquía social. Pero aunque no es bastante para neutralizar más que algunos efectos de la ponzoña, la levadura del teocentrismo es lo que, hasta ahora, ha salvado al mundo civilizado de su autodestrucción total". Esto es, la presencia mística". ( Grey Eminence, London, 1941)

 

(2) Naturalmente, el mundo de lo cultural está muy lejos de funcionar tal y como la Weil lo entendía, como el universo de la verdad, la belleza y el bien, que está reservado a los genios. Pero cualquier ser humano puede entrar en ese reino, con tal de que haga el suficiente esfuerzo de atención, y tenga un profundo deseo de la verdad, aunque es el territorio propio de quienes "príncipes de sangre": la escoria del mundo, "les malhereux", "l´idiot de village" , que está más cerca de Platón de lo que jamás pudo estarlo Aristóteles. Y la capacidad para descubrir y contar esa su desgracia constituye la única medida del genio en el pensamiento y en la literatura, con lo que los verdaderos genios del pensamiento, el arte y la escritura, los verdaderos grandes, serían muy pocos, y a la Weil le sobran dedos en las manos para enumerarlos, aunque su enumeración no trate de ser exhaustiva, claro está. Todo lo demás sería, es verdaderamente "un rien", estaribel y figuración de mundo; y desde donde se la juzga a la propia Weil de ordinario. Y a todos los otros místicos. ¿Qué se podría entender? Las relaciones con la mística por parte del mundo intelectual, que está estructurado y funciona como puro poder, son verdaderamente las mismas que las señaladas por Huxley entre política y mística.  

(3) Pero nadie más realista que un místico, que busca lo Real Último o Última realidad, y descubre precisamente la inanidad mundanal en el proceso de esa búsqueda , palpando y sopesando lo que aparece como real, pero no es sino "ens fictum", un poco a la manera que también Teresa de Avila ha descrito como el ir deshojando las hojas del palmito para llegar al cogollo; es decir, el "ni esto, ni esto, ni esto; ni esotro, ni esotro, ni esotro" de Juan de la Cruz. En un plano estético, eso se traducirá en el amor a lo minúsculo, lo simple y desnudo, y en el repudio de la consistencia y la belleza formales, que darían a entender que "hay más de lo que hay"; una estética del desdén, cómplice por cierto de la de Port-Royal des Champs, con su miedo y su desprecio hacia "los italianismos", que decía Monsieur De Barcos, segundo abad de Saint-Cyran, y que Juan de la Cruz  explicó muy bien en "Subida del Monte Carmelo", o en aquella, digamos "cautela" con la que previno a sus frailes, que un día, se maravillaban de una hermosa construcción: "Hermanos, no hemos venido a ver, sino a no ver".

Desde el punto de vista socio-político, y cultural, ese realismo se materializa en la exigencia de una autoridad real, que es autoridad por sí misma, y así es reconocida, - Pascal diría "autoridad natural"-, y en la oposición a toda autoridad "postiza", o "puesta ahí", que Pascal llamaría "autoridad establecida", y debía reconocerse externamente en pro de la paz pública. En Port-Royal mismo, no se aceptaba fácilmente esto, y tampoco es aceptable para Teresa y Juan. Tampoco, desde luego, para Simone Weil, que en "la estructura" ve la fuente de la alienación humana, y eso la hace ser radicalmente crítica con el marxismo. Así que podríamos decir que estas gentes son "iconoclastas" o "desdeñadores" en estética, y "anarquistas" en socio-política. Y podríamos añadir que a la vez serían "conservadores", por indiferencia mundanal y escepticismo o pesimismo histórico acerca de la estructura misma del poder de cualquier clase que sea; y que, desde luego  no podrían desposar la visión progresista de las cosas, que evacua la idea misma de lo trágico en el hombre y en la historia, banalizando el sufrimiento, y justificándolo y condonándolo con los logros del futuro, o convirtiéndolo en coste imprescindible de estos. Pero claro está que andar con estas "denominaciones" y este discurso no tiene sino un sentido analógico muy débil y lejano, muy precaria y provisionalmente explicativo para nosotros. Los místicos, por supuesto, sobrevuelan todos estos "apartheids" del "ruido de moscas" que es el mundo, que diría Mère Agnès Arnauld.

 

 (4) "El nombrar inventa una tierra nueva a la manera de las narraciones de viaje, o, mejor, como lo hizo Adán por primera vez...Al comienzo de la lengua mística hay palabras de autor que repiten el gesto adámico" (Michel de Certeau, "La fable mystique", Paris, 1982). "Dialecto místico" decía Sandaeus, parafraseando a Bernardo de Claraval: "Lingua amoris ei qui non amat barbara erit"; y toda lectura de un místico de cualquier tiempo deberá hacer cuenta de que se trata de un lengua local de otro mundo, absolutamente otro; incluso si, como escribe Jean Baruzi, "el lenguaje místico emana menos de vocablos nuevos que de transmutaciones operadas en el interior de los vocablos tomados prestados del lenguaje normal". Pero, para entender esa transmutación, hay que hacer el viaje interior al mundo otro, desde donde el místico habla. Y una cosa es clara: el místico no habla ni escribe jamás en oscuridad gnóstica ni jerigonza, simplemente se trata de su lenguaje, el de su "yo" - "a esto llamo yo", dirá Teresa - y el de su lugar o territorio otro. No del lenguaje meramente comunicativo o instrumental, o "ahí-a-la-mano" como lo llama Heidegger, ni del lenguaje estereotipado académicamente.

(5) Ha habido, como era esperable, una explicación sociológica de cuño más o menos marxista,  tanto del fenómeno del jansenismo y de Port-Royal des Champs - en el hermoso libro de Lucien Goldmann, Le Dieu caché -, como del otro fenómeno de la mística española; subrayando en el primer caso la pertenencia de las monjas y de gran parte de los messieurs y mesdames de Port-Royal a una burguesía parlamentaria y abogacil, la bourgeoisie de robe, ya en descenso en cuanto a su influencia política y mundana y su propia situación económica; y, para el segundo caso, invocando también la pertenencia de Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, etc.,  a la casta de conversos, una clase igualmente en descenso desde el punto de vista económico, y de condición sospechosa y vitanda en el plano político-social y religioso. Y la descripción del fenómeno es exacta, pero su interpretación  se convierte a todas luces en inaceptable, si se quiere hacer de una circunstancia económico-social y política la causa determinante del jansenismo, o de la aventura espiritual mística.

La propia Simone Weil señaló ya, a propósito del freudismo y la mística el  lógico lenguaje erótico de ésta,  que la expresión del amor humano no tiene otra vía, y que es una absurda pretensión la de querer explicar causalmente una realidad superior por otra realidad, que el freudismo mismo tomaría, curiosamente, como inferior: la realidad sexual y erótica.

Otra cosa es que, desde el punto de vista místico mismo, y, desde luego teológico, pueda y deba subrayarse que, naturalmente, sólo el hombre en estado de precariedad y pobreza, en situación de desabrimiento de mundo, o de estragado por la mentira y la no consistencia de lo mundanal, que también señalarían los místicos como el inicio del camino - conversión para Teresa, o caída en la cuenta de que "las cosas del mundo son vanas y engañosas, que todo se acaba y falta como el agua que corre", para Juan de la Cruz,  y también para  los místicos medievales - es capaz de preguntarse por lo Otro, de sentir la necesidad de buscar lo Real Último. Pero, curiosamente, ni en la Weil ni en la Hillesum, se da este proceso de desabrimiento o estragamiento del mundo o de autoconciencia traumática de su vacuidad, y todo es como si, desde la primera mirada que echan sobre la realidad, estuviera ya para ellas todo claro, y eligieran precisamente la parte que, en el mundo post mortem Dei y para los hombres del mundo moderno, aparece, desde luego, como no consistente y absurda en su misma enunciación, mientras el peso y la gravedad del mundo y de la historia presentan todas las apariencias de ser la Realidad Total y Única. Pero ellas ni siquiera encontrarán vano al mundo, y se arrojan en él para desposar la condición y la historia humanas en lo que tienen de más terrible - el mal - como amor del Dios ausente y desvalido, muerto según ese mundo.

 

(6) La mística "es cosa seria, y sabemos de ella por ciertas personas, mujeres en su mayoría, o gente capaz como san Juan de la Cruz...Hay allí hombres, que están tan bien como las mujeres. A pesar, no diré de su falo, sino de lo que en razón de él les estorba, sienten y vislumbran la idea de que debe de haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico".("Le Séminaire",  Livre XX, Paris, 1975)

Y Lacan sugiere que el místico varón tendría que hallar en sí mismo su parte femenina, que le sustrajera a la cultura falocrática, pero esta sustracción ha sido llevada a cabo en la historia por el cristianismo, cualquiera que haya sido luego la apropiación masculina y eclesiástica del cristianismo historificado o religioso. El "qui non ex sanguinibus neque ex voluntate carnis neque ex voluntate viri, sed ex Deo nati sunt" del evangelio de Juan (1, 13), y el "incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria virgine" del "Credo", (Nota ut infra)  sustraen a la historia del ámbito de la teogonía y de los engendramientos teomórficos y religiosos, y de los horrores y la maldición de la Casa de Layo, ligados todos ellos a la sacralidad o preeminencia fundante y creadora del falo.

(7) "La criatura no es capaz de recibir la Palabra de Dios...No lo es, si no excluye lo que, proviniendo de la caída y no de la creación, distingue y caracteriza al ser masculino como representante de la humanidad. Es por esta razón por la que el juicio (de Dios) golpea al ser masculino; por lo que José es excluido en tanto que padre natural; por lo que la mujer es el objeto de la revelación; y por lo que ha sido dicho: <ex Maria virgine>" ("Credo", Zurich, 1936)

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