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José Jiménez Lozano. In Memoriam

José Jiménez Lozano falleció la madrugada del 9 de marzo, en Alcazarén. Desde la coordinación de la web oficial de José Jiménez Lozano, invitamos a lectores, amigos y discípulos al envío de un texto de homenaje a la persona y/o la obra del escritor español. El envío se hará a la siguiente dirección: contacto@jimenezlozano.com





18 de marzo 2020



EXTRAÑEZA

A mi padre. IN MEMORIAM


Ha extrañado el cuco, esta mañana,
el saludo de tu acostumbrada espera.
Casi sin ruido y a hurtadillas
ha cruzado luego, oteando,
azarado y trémulo,
el jardín de un lado a otro,
rebuscando tu mirada entre el peral y la catalpa;
y en los rincones frecuentados otros días,
tras el visillo incluso,
una sombra que apuntara tu presencia.
Porfiado aún, ha clamado con ahínco,
vanamente,
con el eco exacto de su voz turbada,
en protesta de tu ausencia.
Ajigolado y roto, se ha marchado al fin,
sin rumbo cierto,
bajo una luz sorda y desvaída,
con honda desazón de tu memoria,
sin tu aliento,
mas la certeza de un encuentro demorado,
quizás para mañana,
con el gozoso azul de un nuevo día.


Javier Jiménez Vicente


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Comparto con ustedes este último correo electrónico que recibí de don José, estimadísimo maestro y amigo. Data del 3 de enero de 2020 y dice así:

"SABER DE USTED


Estimadísima María Jesús, no sé nada de usted y, por mi parte, no he tenido los mejores días de salud, aunque ha sido poca cosa, ha sido muy molesta la de las varias miradas de "los batas blancas", pero me apetecía poco enviarla lo que se llama una simple felicitación. Ahora siento no haberlo hecho, porque no sé nada de usted. ¿Qué tal su madre?
Está haciendo un invierno más riguroso que el año pasado, y el camino político que ha tomado nuestro país parece por lo menos preocupante, porque, aunque mis amigos y yo podemos muy bien pasarnos un año sin abordar tal tema, la gente da la sensación de estar muy politizada, y esto no es bueno.
Lo que yo la deseo es un cargamento de confortación y alegría, y sabe sobra que se lo deseo de corazón,

José J. Lozano"

Desde el 9 de marzo releo una y otra vez estas últimas líneas para hacerle frente a la desolación: Confortación y alegría. Un cargamento que don José supo siempre hacerme llegar a Berlín. Tan atento, tan humano. Tan cerca.


María Jesús Beltrán
Berlín, 18 de marzo de 2020


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Lo primero que se ocurre decir es: menos mal que JOSÉ se ha evitado todo este carajal, pero a renglón seguido, y habida cuenta que estoy, estamos, en cuarentena, no puedo sino decir que qué suerte de haber podido disfrutar de su obra y de haber sido objetivo de su simpatía, en el sentido griego de la palabra, y de su alegría ante todo lo que estuviese vivo. Ese solo hecho, me consuela, y no poco, de muchos de mis pesares actuales, entre otros, el de tratar de poner la muerte reciente de mi madre en el lugar que corresponde, es decir, en un presente continuo que me permita celebrar la eterna novedad del mundo y, claro, de poder seguir dando las gracias.


Manuel Borrás Arana


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El último verso de José Jiménez Lozano

Conocí a Jiménez Lozano hace 30 años, en unos cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial, debió ser el año 1989 o 1990. Había programada una sesión sobre Periodismo y Literatura. De entre el grupo de los periodistas y escritores que por allí pululaban, vi llegar una figura graciosa, muy dinámica, de un señor con un bolso de piel en bandolera, vestido a la serrana, de voz muy fina y rápida, que me dejó manuscrita su ponencia -yo entonces era la joven secretaria del curso-, con una letra muy apretada, muy bonita, en la que afirmaba con total rotundidad que las relaciones entre el periodismo y la literatura son como las relaciones entre la fontanería y el periodismo, es decir, ningunas, y que si hay un periodista escritor o un escritor que hace periodismo es una pura casualidad. Entonces todo el mundo llamaba Pepe a Jiménez Lozano, y él tenía una agilidad de pensamiento, de palabra, una viveza, que me llamaron mucho la atención.

Recuerdo haber transcrito, para su edición en los cursos de verano, aquella ponencia, sin saber aún muy bien a quién transcribía, y que cuando leí a fondo el manuscrito, comprendí la razón de aquel dinamismo humano, pues me deslumbró la inteligencia que desbordaba. Pensé: ¡Vaya, un escritor de verdad!, sorprendida, pues hay, como sabía Don José, tantos falsos escritores, casi se diría que encontrar un escritor es un auténtico milagro en esta época de impostaciones y premios, de eminencias y faraones de la palabra, que en una década o dos trasponen su fulgor hacia el ocaso y dejan de ser reconocidos. Yo pude reconocer en aquella fineza de pensamiento, en ese dinamismo cultural, a un escritor de los buenos. Y comencé a leerle, también porque vi que aunaba sus ideas, y sus intervenciones, con autores a los que yo admiraba, y tenía un impecable juicio clínico sobre el mundo de los escritores, los pensadores o la literatura. Era un autor multidisciplinar en su capacidad de juicio. Lo que más me impresionó, en aquellos años, era su absoluta humildad intelectual y el sentido de justicia que practicaba respecto al mundo de la literatura y de la cultura, como un auténtico gentleman de las letras españolas, pero con un sentido humano y cercano de la creación literaria.

Pasaron muchos años, y en torno al 2005 volví a encontrarme con Jiménez Lozano en una lectura de poemas que hizo en el Museo Lázaro Galdeano de Madrid. Entonces había envejecido, ya no era ese dinámico hombre del campo que llegó al Escorial, sino una figura más elegante y respetable, más rodeado de su público y admiradores, más acompañado de autoridades y premios. En ese lapso de tiempo yo había leído todos sus ensayos y descubierto su poesía, que considero la mejor producción en lengua española de la segunda mitad del siglo XX, digna continuadora del 27 y restauradora de la poesía pura en lengua española. Fui al encuentro del escritor para que me firmara los libros de poemas, lo que hizo con enorme simpatía. Seguía siendo la misma persona cercana y amable, y seguía teniendo la misma humildad intelectual. Por aquel entonces, su gran estudiosa y admiradora, mi compañera Guadalupe Arbona, me proporcionó su correo y comencé una correspondencia con Jiménez Lozano, que constituye para mí un verdadero tesoro, porque el autor me abrió las puertas de su amistad, que como sabemos sus lectores, cultivaba de un modo tan noble y profundo que se sentía uno sinceramente honrado con ella por la altura, la nobleza de su trato. Recuerdo asombrarme de ver que un autor de esta categoría acudía a correos a enviarme sus nuevos libros publicados, con total sencillez.

Pude intercambiar con Jiménez Lozano opiniones literarias, discusiones académicas, bromas de todo tipo, y también le rogué varias veces que no tirara a la hoguera los papeles escritos con sus poemas. Compartimos el amor por los pájaros y disquisiciones sobre la lengua alada, y pude sentir la camaradería de un autor único en lengua poética, como un privilegio personal. Me dio a leer manuscritos y yo le mandé traducciones y compartimos algunos proyectos. De toda la amistad, recuerdo haber estado en su casa, con mi perro Turrón, una primavera lluviosa. Recuerdo lo goloso y lo vivaracho que estaba, ya en 2016, y cómo disfrutamos de una tarde de junio de parleta, como decía, su insaciable curiosidad intelectual y su capacidad para prolongar el interés por sus amigos y por la literatura más allá de todo límite.

Unos días antes de morir, le escribí un correo disculpándome porque no podía asistir al homenaje que le iban a hacer sus amigos, con motivo de su 90 cumpleaños. Recuerdo bromear con él, pues me decía que más que el homenaje, le hubiera gustado tener en Westminster una placa de plata por suscripción de lectores, en la que se dijera que su obra había sido traducida por mí." ya ve que humor no me falta", me decía. Y se despedía, a pocas horas de su muerte, pidiendo que el verano le fuera más piadoso que el invierno, pues lo había tenido malo, y mira que le gustaba disfrutar de la esencia más delicada de esa estación, y espiar todos sus encantos, en los increíbles poemas que nos ha dejado.

Mi opinión es que la obra de Jiménez Lozano, particularmente la poesía, va a seguir creciendo de década en década en la admiración y consideración de los expertos lectores. Creo sinceramente que se trata de una obra absolutamente magistral, a la altura de un Juan de la Cruz, de un Juan Ramón o de un Miguel Hernández. Su escritura poética alcanza un ritmo, una sencillez, una limpieza, absolutamente extraordinarias, y así se lo dije muchas veces al autor. Creo que Jiménez Lozano ha devuelto la poesía española de los últimos decenios al lugar inmortal del que, por azares políticos, sociales, salió a partir del 1950.

Recuerdo preguntarle cómo había sido capaz de escribir esas maravillas de tres, cuatro versos, con una métrica sorprendente, y cómo lo conseguía. Sonriendo, se tocaba la oreja una y otra vez. Oído, oído, oído, le entendía yo. Era perfectamente consciente del sacrificio y vocación del escritor, de cómo debe cuidar su ejercicio, de sus necesarias reclusiones, de sus marcas heroicas, y con su sagaz visión conocía el mundo literario, y sus moscas, como conocía cada pájaro que volaba en la tierra de Alcazarén. Recuerdo su inmensa generosidad regalando sus libros, sus correos largos y generosos, cómo sabía ser el más opulento y magnánimo de los anfitriones. No he ido a un templo literario más increíble y fastuoso que a su casa en Alcazarén, porque los regalos que hacía a sus amigos eran únicos, y nunca, nunca, dejaba de corresponder. Era un gusto mandarle alguna joya literaria porque siempre a vuelta de correo enviaba él otra.

Los poemas de Jiménez Lozano, de su primer libro, "Tantas Devastaciones", al último, quizás en imprenta -así lo deseo-, titulado "Esperas y Esperanzas", son un conjunto simple e inmenso en la poesía en nuestra lengua. Como el del mudejarillo Juan de Yepes, que escribió pocos versos, pero inmortales, con el mismo amor a las montañas, las aves o las florecillas. Esos versos que son como cuadros completos de un pintor magistral, se seguirán leyendo, se seguirán amando, y se implorará con ellos, cuando todos nosotros ya no estemos. En la manera en que Jiménez Lozano termina el poema, hay un rastro angélico. No tengo mayor certeza.


Eva Aladro Vico


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In Memoriam

Ha muerto uno de los pocos sabios que en el mundo han sido, no me cabe ninguna duda al respecto. A partir de ahora, ante lo irreparable, después del dolor, nos quedará su memoria y una obra, en torno a setenta títulos exentos, toda una literatura, de una verticalidad única, que vivirá y crecerá con el tiempo hasta convertirse en lo que es: una de las más sustanciales y sustantivas de las letras españolas de este siglo y el anterior, si no la que más. Poco consuelo, con todo, en estos momentos para quienes lo hemos admirado y apreciado tanto, si bien justamente la capacidad de consolar es una de las virtudes principales, entre muchas otras, de su escritura. Y a ello consagró su vida y nos hemos atenido y atendremos siempre.

Ha muerto un escritor impar, tan impar que renegaba incluso de tal condición para abajarse a escribidor, cuando pocas veces en nuestro idioma ha sido recogida y anotada, como en sus páginas, tanta belleza, sin inmiscuirse, sin mancillar nunca su hondura. Una belleza, en su caso, a la vez leve y entrañada como pocas, que sencillamente oyó, recogió, porque estuvo atento a ese rumorcillo de allá dentro o a aquel silencio. Y en susurro nos transmite el soplo espiritual que la alienta, por encima de los desvaríos retóricos y del fragor alocado de la modernidad. Desde el estreno de su mundo literario en Historia de un otoño mantuvo la clarividencia de su prosa y de su verso, que guardan, por añadidura, la maravilla de la oralidad de las pobres gentes, el misterio de la sobria pureza del castellano, transparentado por una sapiencia sin alardes, en voz baja, al servicio de la clarificación en medio de tanto ruido superfluo.

Esta tarde, mientras esperábamos en el atrio de la iglesia de Alcazarén la llegada del féretro con sus restos, soplaba ese vientecillo fino que trae el resfrior, el escalofrío que he sentido tantas veces con sus escritos, en esta época tan desabrigada. He recordado su mirada piadosa, inclinada ante el misterio del universo, de la creación y de nuestra mísera y milagrosa condición: la que nos hace preguntarnos una y otra vez sobre el enigma de nuestra existencia -y de los adentros, como a él le gustaba llamarlos-, consumida en el tiempo y sin embargo llamada a trascenderlo; la que viene del manadero teresiano y sanjuanista, tamizada por lo mejor de la literatura universal, pues pocos lectores habrá habido de su enjundia, para desvelar, e implícitamente denunciar, cómo la sociedad del espectáculo ha hecho suyas las argucias de los totalitarismos, sus horrores, en medio del encanallamiento y la anomia moral imperantes.


Fermín Herrero


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Una luz compasiva

Los ojos de Jiménez Lozano sabían ver las cosas sin mácula, sin doblez, alumbrándolas con una luz melancólica y compasiva, la luz del atardecer, donde las sombras se agigantan y adquieren consistencia de alma. Escribía en susurro o con voz queda, como si sólo apuntara a decir, callando, la experiencia del Dios oculto, su deseo de absoluto. Enemigo del yo, de la vanidad, del orgullo, apostó por la estética jansenista de 'lo simple natural', una estética de la desnudez, el desdén y la simplicidad. El secreto es comunicar todo con casi nada, sintiendo la realidad en su desnudez, en su transparencia. Puesto que Dios habita en el detalle y lo minúsculo nunca es intrascendente, el escritor debe mostrar la sencillez y verdad de las cosas pequeñas, sin hinchazón ni retóricas. Esa agua clara que encontramos en las historias de la Biblia o que supieron destilar literariamente los griegos.

Nada de simulacros, nada de estilos. La regla primordial es no mentir. De esa relación con lo real, con la verdad, ya nacerá después -de forma natural- la belleza.


Ernesto Baltar


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El adiós


Guilmo






19 de marzo de 2020



Pasamos un día estupendo con don José en Alcazarén. Me pareció un moderno, en el buen sentido de la palabra. Al verme con la cámara me pidió que lo sacara bien. Me gustó su coquetería, simpática y nada afectada. A una edad, la vanidad adolescente se ha vuelto ya amargura pero era obvio que en don José brillaba otra bien distinta, amiga de los años, luminosa y agradecida. Ternura por el regalo de uno mismo y de la existencia. Como escribía él, "admiración de que el mundo sea, pudiendo no haber sido". Al editar las fotos decidí subir el contraste y acentuar las arrugas del tiempo, asumiendo el riesgo de que a él no le gustaran.

Siempre queda algo en el tintero. Quería haberle pedido, a través de Guada, su opinión sobre una idea relacionada con un relato de La querencia de los búhos. Estará disfrutando enormemente de su estancia en el Cielo, y espero que desde allí nos inspire para que podamos distinguir lo viable de lo quimérico.

Con afecto, respeto y enorme simpatía,


Foto y texto de José Luis Rodríguez Torrego


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Siempre me ha gustado el aire. Sentirlo, "verlo", ¿tocarlo?, saber que existe. Creo que es lo que comparto con los pájaros. Esos animales fascinantes que juegan con la gravedad por el mundo, incluso en Madrid, existen. Si escucho en el silencio, oigo sus cantos de buenos días y de buenas noches, si miro por la ventana, ahí están con serenidad, y si voy distraída me recolocan en mi bendito presente.

Siempre me he preguntado cómo vuelan, cómo son sus cuerpos, el por qué la variedad de formas, cantos y maneras de vivir. Qué esconden y que amigos tienen. Cuál fue su origen y sobre todo cuanta naturaleza mantienen.

Y entonces mi amiga que me conocía me regaló Pájaros de su maestro José, quién a su vez conocía al Maestro, quien dijo que mirara a las aves del cielo "que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta".

Y entonces en sus palabras en esas precisas palabras, encuentro



RESPUESTA
A veces te preguntas
cómo se sostiene la belleza del mundo;
te fijas en las patas de las garzas blancas
bajando regiamente a la laguna,
y comprendes.


Mª Ángeles Martín R-Ovelleiro


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Paisaje interior

amapolas, acianos, y desnudos
árboles de invierno entre la niebla

(José Jiménez Lozano)

Voces, alas de viento, rocas duras,
pétalos de añoranza, cielo y niebla,
rumores de cascadas, luz, tiniebla
habitan en mi bosque. Rosas puras,
helechos de otros tiempos, amarguras
de noches sin retorno. Se me puebla
la vida de capullos. Se repuebla
el alma de amapolas. Son figuras
de las llagas sin sangre, mil heridas
antiguas, sin cerrarse, sin dolerme
por las viejas batallas ya perdidas,
sin rencores ni altivas reconquistas
que simulan montañas mientras duerme
la paz en mis plegarias imprevistas.


Ofrezco mi aportación al homenaje del querido e inolvidable Don José Jiménez Lozano.
Con inmensa gratitud por lo que he recibido de su persona y obra.

+ César Franco
Obispo de Segovia






20 de marzo de 2020



Para José Jiménez Lozano

Muy poco se han llevado las muertes de dos muy queridos amigos: Ernesto Cardenal y, poco después, José Jiménez Lozano. A los dos los hemos querido, y los dos muchas veces nos han consolado, nos han ayudado a ser resistentes.

He buscado aquí, en este apartamiento necesario, su primer libro. Sabía que estaba, pero no dónde. Su primer libro. Martín Descalzo lo dice en el texto de solapas: "El nombre de José Jiménez Lozano salta, por primera vez, a los escaparates de las librerías". Vuelvo a abrir el libro, leído, quizá, a comienzo de los setenta. Es libro muy "fatigado", con subrayados, signos de admiración (y alguno de interrogación), con marcas de ceniza (era cuando todos fumábamos, él también, y a veces picadura selecta). Un cristiano en rebeldía es el título. En la primera parte recoge sus crónicas sobre el concilio Vaticano II para El Norte de Castilla (Delibes, etc.). Y las otras dos las dedica a descargar su bagaje de nombres "que han cautivado mi afecto". Todos ellos de la misma familia y con las mismas marcas: cristianos y rebeldes. Bernanos, los Maritain, Bloy, Péguy, Machado., pero también los señores de Port-Royal, por las mismas razones que los demás. Y siempre con lealtad, en defensa muchas veces de causas perdidas. También alude, en una ocasión, al Señor Kruschef y al Señor Lumumba.

Hace ya muchos años, me pidió que "allanase" el tratamiento (= que le tuteara), y así lo vine haciendo desde entonces (aunque el "allanamiento" no llegara a tanto como para llamarle Pepe). Hasta la primavera pasada, ahora hace un año, en Alcazarén, donde me acerqué para tratar de algún asunto relacionado con la publicación de parte de su correspondencia. Hablamos de todo, de lo nuevo y de lo de entonces, de aquí y de allá, de Cipriano de Reina y de los últimos paganos. y, además, comimos juntos en Olmedo. Los del restaurante le conocían bien. Un camarero: "Últimamente don José come muy poco".

Alguno de mis amigos me ha pedido "información" sobre él. Y he ido prestando El mudejarillo, Sara de Ur, Historia de un otoño y un libro que publicamos nosotros (Trotta) hace algún tiempo: Retratos y naturalezas muertas. Son libros que, me temo, no recuperaré. Alguno me consideraba casi de la familia ("No conozco a nadie próximo a él), y me daba algo parecido al pésame y me ofrecía su consuelo.

En su libro, José recoge una cita: "Sufro una dilatación de la esperanza". Y Cardenal escribió un poema una semana antes de "ascender a las lejanísimas estrellas". Por allí andarán ellos dos.

Alejandro Sierra


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A JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO. IN MEMORIAM

¿Acaso sabe alguien
cuando acaba la vida?

¿No sería más sabio aprender de la tierra

cuyas rojas heridas
siempre florecen?

José Mateos






21 de marzo de 2020



Este poema se publicó en un libro titulado El perro de las huertas (Pre-Textos, 2013) y seguramente fue escrito tres o cuatro años antes, o quizá más. Por esa época, era muy frecuente recibir cartas (electrónicas) de José Jiménez Lozano, cartas largas, de varias páginas, a las que yo contestaba con otras de la misma amplitud. Nos enredábamos en mil y un matices, argumentos y contra argumentos, sobre cosas graves, para los dos decisivas. Fue muy importante para mí. Recuerdo esa compañía como la de nadie igual de generoso, que se avenía a razonar, recordar y también desbaratarlo todo de repente, conmigo. Las conservo por ahí, en archivos que algún día ordenaré. Son muchísimas, las cruzamos durante mucho tiempo. Supe pronto que este poema, que me salió oscuro y claro al mismo tiempo, era para él, con gratitud por esa compañía en -como él decía- la misma longitud de onda.


EL CANTO DEL CUCO

A Pepe Jiménez Lozano, en longitud de onda

Toda la tarde conmigo
el cuco cantando;
ya nunca voy a olvidarlo,
la tarde de abril.

Nunca, nunca, Dios mío.
Pero, este nunca, ¿hasta cuándo?
Que, ¿quién, si no, va a decir
lo que significa nunca?

Y, así, ¿hasta cuándo el olvido?
¿Y quién podía pensarlo
según estaba la tarde
con todas sus maravillas?

Sólo quien vuela más alto
de todo, puede decirlo.
¿Pero por dónde va el pájaro?
Y ya sin tarde ni abril.

Las entrañas florecidas
de los espinos te esconden.
Hay galerías del monte
con luces que te simulan.

Y, entonces,
¿no eres aquel del que dicen
que matas todos los pájaros?
¿Que es tu cantar, su morir?

Tú, que los matas cantando
y al tiempo les das la vida,
tú eres, mi amigo, ese pájaro,
que es el pájaro enemigo.

Las cosas se fueron todas
cuando tu canto empezaba.
¡Y cuántos nidos dejaste
vacíos con tu cantar!

Sonaba el agua del monte.
Por las fresnedas topaban,
ciegas, las manos del sol.
Y era, tu canto, o las cosas.

Mientras, yo andaba arrancando
toda la tarde zarzales
por los linderos, y el canto
duró hasta el anochecer.

Pero si me detenía,
también el canto callaba,
y en ese tiempo los ojos
se me ahogaban entre espinas.

Ahora, de todo el recuerdo,
lo que me queda es aquello
que tú ibas diciéndole a todo,
pero diciéndome a mí:

Óyeme,
óyeme sólo y olvida,
y sólo a mí,
sólo a mí.


Enrique Andrés Ruiz






22 de marzo de 2020



Gracias. ¡y un poco de silencio!


Querido don José:

¡Qué gracia tan grande haberle conocido! No sé si estaba escrito que un biblista como yo, que dialoga por oficio con los personajes del Antiguo Testamento, tenía por fuerza que conocer a un amigo íntimo de Abram, el incrédulo hijo de Teraj, o de su mujer Sara, la que se reía, o de Jonás, ese profeta muy pequeño, y de otro sin fin de gentes pretéritas.

El caso es que no he tenido tiempo suficiente para darle las gracias por hacerse también amigo de mis amigos. Y es que aceptó mi invitación a entrar en la corte del rey Asuero y conversar con la reina Ester, afligida por las triquiñuelas del malvado Amán. Y más tarde salió también al encuentro de mi deseo y se acercó al muladar de Job para tener con él una media charleta, justo después de que el varón de Us se entrevistara con el Señor. Gracias a ello hemos recuperado las palabras perdidas de Job, que parecía haberse quedado mudo ante el Altísimo. Si no han salido todavía a la luz no es por su culpa, don José, es porque este pobre escribano no ha tenido tiempo de entregarlas a Gutenberg. Todo se andará, don José, todo se andará.

Y ya me da lastima a mí que no haya seguido entrevistándose con otros vetustos amigos, que usted lo de periodista lo lleva en la sangre. Y es que la Biblia está llena de recovecos que necesitan ser recontados. ¿De qué hablaría Abram con su hijo Isaac durante tres jornadas de camino? Hoy cualquier director de periódico mandaría a un becario a cubrirlo. Allí estaba usted. Y que alguien se atreva a decir que esas entrevistas non son material inspirado.

¿Pero cómo darle gracias sin caer en la cuenta de aquello que usted mismo me dijo un día? "Y ya sabe que según Santo Tomás, que tenía sus mundanidades, un don o regalo no puede agradecerse inmediatamente sino de manera muy provisional, porque de lo contrario significaría que uno puede pagarlo o al menos se quita la alegría de regalar a quien lo hace". Pues yo no le digo gracias porque no puedo pagarle. Y además ya le veo allí, a lo lejos, en el seno de Abram, el Patriarca regocijado de haber visto el día de Jesús, pidiéndome callar.

¿Pero cómo darle gracias sin caer en la cuenta de aquello que usted mismo me dijo un día? "Y ya sabe que según Santo Tomás, que tenía sus mundanidades, un don o regalo no puede agradecerse inmediatamente sino de manera muy provisional, porque de lo contrario significaría que uno puede pagarlo o al menos se quita la alegría de regalar a quien lo hace". Pues yo no le digo gracias porque no puedo pagarle. Y además ya le veo allí, a lo lejos, en el seno de Abram, el Patriarca regocijado de haber visto el día de Jesús, pidiéndome callar.


LA ASNILLA
Con tanto ruido de trajines
de mundo y palabrería interminable
acerca de las fiestas del solsticio de invierno
durante más de dos mil años,
habló, al fin, la asnilla del establo
de Belén, nieta de la del profeta
Balaám, y dijo incomodada:
Please, my lords!
¡Un poco de silencio!

Ignacio Carbajosa Pérez


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Ya ha pasado un tiempo de su muerte. Sé los días y las semanas si acudo al calendario, pero sin él cerca me parece que ha sido esta mañana o como mucho ayer. La cuarentena ha abolido el tiempo y los paseos. Todo ocurre en casa y durante un momento angosto y sin horizonte. Aun así y a pesar de todo, cada tarde, después del café, me siento con sus versos y me alcanza su compañía. Y me doy cuenta, ahora que no está, de lo mucho que le tengo en la mirada. Me asomo a la ventana y al plátano de mi acera le empiezan a brotar sus diminutas manos; una urraca se agarra a su rama; el zureo de una paloma que hasta hace nada dormía en una cornisa estrena el silencio de la calle; la fachada del piso de enfrente, esa mole blanca sin apenas ventanas, parece una gran sábana puesta a añilar. O hace un rato, cuando me he puesto la película Una pastelería en Tokyo, parecía que la veía con sus ojos. ¿La conoce? Le habría parecido preciosa. Se habría sentido tan amigo como yo de Tokue, aquella anciana leprosa que preparaba la confitura de alubias como acariciándolas con el temblor de las manos; que hablaba a los pájaros y a los árboles; que celebraba el almendro en flor; leía a, como usted los llamaba, sus amigos los japoneses y que decía algo parecido a lo del Ismael de Melville: «En todas las cosas se alberga algún significado cierto, o de otro modo, todas las cosas valen muy poco, y el mismo mundo redondo no es más que un signo vacío».

¿No es esa la lección de cada tarde, que el mundo -y la vida- valen y que las cosas tienen algo que decir sobre nuestra condición de humanos? ¿No es quizá la única lección?

Raúl Asencio Navarro







25 de marzo de 2020



Conocí a don José a través de su novela Historia de un otoño, allí, lo primero que me conmovió fue la descripción de las manos del arzobispo de París, monseñor de Noailles, al llegar al monasterio de Port-Royal. De sus personajes, guardo en el recuerdo de mademoiselle de Joncoux y su alegría y desparpajo en defender al jansenismo y, sobretodo, al abbé Dubois: ¡cuánta sintonía con aquella risa y aquella libertad de espíritu! Tampoco se me olvida la escena del arzobispo de París, hacia el final, mirándose al espejo con el orinal de sus excrementos en la mano.. Supongo que aquello con lo que vibra nuestro corazón es reflejo de cómo somos o de cómo deseamos ser.

En una ocasión, hace muchos años, un amigo me pasó un artículo, La reconstrucción del recuerdo, que más tarde caí en la cuenta que era de don José. Allí narraba como en tiempo de la guerra civil una mujer se alzó en grito ante los asesinos de un vecino, para defender la dignidad del difunto, que según ellos "no tenía derecho" a ser llorado y enterrado como una persona.

"Descubrí que aquella mujer era como Antígona, o Antígona misma, y que aquella historia antigua era verdad.... Si yo acertara a narrar ese recuerdo, como otros, la historia universal se arruinaría por un momento al menos - el de su lectura- para el lector..."

Me impresionó tanto que lo puse como cabecera de un trabajo de hermenéutica bíblica sobre el evangelio de san Juan, para mostrar como el recuerdo de un acontecimiento impactante puede ser narrado con el sustrato de un relato antiguo que ilumina el presente.

Luego fueron los cuentos de Los grandes relatos los que acabaron de completar mi fascinación y encanto por don José. Aquella ternura e inocencia de sus pequeños personajes: La Zótica, El Abilito, don Abdón, la señorita Obdulia.. "Y mira que era bonito", esta cantinela que repiten los niños en la preciosa y divertida narración de La Sulamita, muestran una sensibilidad y espíritu infantil tan encantadores, hasta el punto que esa expresión la usamos con una amiga, que también aprecia a don José, cuando nos encantamos con algo bello.

Más tarde leí Un dedo en los labios, con el encantador relato de "La Luisilla" o "La escritora". De las recreaciones bíblicas leí Sara de Ur, con sus pequeños senos como manzanas en agraz y su rostro de cervatilla y su risa, que me gustó mucho, no así el de Jonás, quizá porque uno prefiere la brevedad y el encanto del original.

Hay frases que han pasado al propio repertorio lingüístico como el hablar de "los adentros" o de la propia alma en el "almario", o aquella de: "Cuando escribo, me esfuerzo en no mentir. Eso es todo (Seifer) (.) Sobretodo si se fabula", que cito con frecuencia.

De don José admiro y aprecio su radicalidad cristiana, su defensa aferrizada de los pobres y olvidados, su indignación contra las injusticias.. De su manera de narrar, la ternura, su sensibilidad y ese estilo sobrio, románico, desnudo, sin aderezos.. Me fascina su manera de mirar la realidad en sus detalles, contemplativa, reposada, silente, capaz de encandilarse con la luz de una candela, el vuelo de un gorrión, la conversación de una anciana o el silencio de una estancia., y ver lo que hay más allá. De su léxico hay palabras que me encantan: enjalbegar, zagalejo, halda.

¿Como se puede querer tanto a alguien que sólo conoces a través de sus escritos?.... Pues, precisamente, porqué a través de sus letras, don José nos ha abierto su alma y nos ha regalado el tesoro de sus "adentros". Y cuando alguien te obsequia de tal manera, nace el cariño. ¡Gracias, don José!

José Manuel Vallejo







27 de marzo de 2020



Querido don José:


Se ha ido deprisa y en silencio, a su manera, sin darnos tiempo a intuir que el hilo que sostenía su vida se estaba debilitando. No fui capaz de percibirlo la última vez que nos vimos, el 19 de febrero. Pero dentro del pesar y la tristeza que nos embarga, nos queda la satisfacción de haberlo conocido, de haberlo escuchado y de contar con su legado.

Pero quiero decirle algo: En estos momentos en los que estamos asimilando su ausencia, nos sentimos muy afortunados. Nuestros alumnos (Estos chicos "nuestros", como me escribió usted en un correo) han sido unos privilegiados. De su mano descubrieron a Jonás, que era un profeta pequeño; conocieron a la risueña Sara y a su esposo Abrán, supieron de la existencia de un mudejarillo muy especial; se enteraron de las zozobras de la Teresa; le recitaron -muy a su pesar- los poemas limpios y temperados de los que usted no quería hablar demasiado (aunque con la boca pequeña como decía Dora); se adentraron en las vidas de unos personajes, en su mayoría pobres y desvalidos, a los que usted dotó de una voz que clamaba justicia y dignidad. ¿Se acuerda de la Rita de El arreglo de boda, de los pesares de Los cuquillos, de La Zótica, del asombrado cobrador de El recibo de la luz.? Y. ¿qué me dice, don José, del escalofrío que sintieron cuando les llegó el olor ignominioso que desprendía El albarán? Fue un regalo con el que usted nos obsequió y que nos acompañará siempre. La Biblioteca de nuestro instituto guardará celosamente esos momentos de cercanía, de conexión entre el maestro y los discípulos, de arrobo por las palabras acendradas y precisas que salían de sus labios. En fin, nuestro centro será un mudo testigo de la privilegiada experiencia literaria vivida al lado de un gran hombre sabio y humilde.

Pero quiero que sepa que, en las aulas que usted visitó y en las que entraba para saludar a nuestros alumnos siempre con la sonrisa en los labios, seguiré hablando de los pesares de los hombres, de la blancura que buscan en los pañizuelos las lavanderas al añilarlos, de la candela que ha de iluminar nuestras vidas, de los desvalidos gorrioncillos que son alimentados por el Creador, de los tempranos almendros que no escarmientan, de los cántaros y de los espartillos para las vasijas, de la obstinada niebla y también, ¿por qué no? de la historia que se viste con mandil de carnicero, para que nunca más lo haga.

Y otra cosa, don José: ¿Qué fue de aquello que me escribió "[.] habrá que pensar un día en una especie de charleta- diálogo con los chavales, lo que sea. Yo pongo aquí mi buena voluntad."? Pero no ha podido ser; lo tendremos que dejar para más adelante. La charleta pendiente se realizará bajo la sonriente mirada del Altísimo que escuchará embelesado sus palabras, al igual que nosotros y como Padre amoroso nos cobijará en sus brazos.

Ahora el sudario le ha cubierto el rostro, pero no impide que su voz siga hablándome. Porque sí, don José. Cuando me acerco a sus libros, es su voz segura y resuelta la que me habla, con sus cadencias, sus silencios, su risa, su fina ironía siempre inteligente y misericorde. Me obsequia con sus sentires, sus pesares, sus zozobras, sus críticas, su vislumbre de un futuro incierto y desasosegante. Luego, me quedo ensimismada y sus palabras penetran en los adentros. Siento la dicha de que usted las quiera compartir conmigo, con nosotros. Tiempo después, el momento mágico se interrumpe. Un esquilín de gloria rompe el silencio de la estancia y unos ojuelos vivarachos contemplan la escena desde el cielo.

Siempre en mi recuerdo,
Conchi (y también, si quiere, Inmaculada, don José)


NOTA: Desde esta casa de enseñanza como don José la denominó en la primera carta que escribió al instituto, vaya nuestro más sincero pesar por su fallecimiento.
Agradecemos la generosidad y la cercanía que siempre nos prodigó. Fueron varias las visitas que realizó al centro. Eran encuentros literarios en los que nos deleitaba -a profesores y alumnos- con su envidiable sabiduría y bagaje cultural. Cuando por la tarde le llevaba a Alcazarén (muy a su pesar, porque quería regresar en el coche de línea), después de haberle recogido por la mañana, lo hacía con la certeza de haber compartido unas horas inolvidables al lado de alguien muy especial.
La humildad y sencillez le acompañaron siempre, al igual que la alegría y la disponibilidad. Prueba de ello es la entrevista que cinco de nuestros alumnos le hicieron en su casa el día 19 de febrero para la revista del instituto De punta en negro. Como siempre ha hecho, nos abrió generosamente sus puertas. Gracias don José. Gracias Dora.
Ha dejado en este instituto nuestro -su instituto- una huella indeleble que nunca se perderá.

Concepción González Hernández
Departamento de Lengua castellana y Literatura
IES José Jiménez Lozano
Valladolid



 

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