Semblanza biográfica

Semblanza biográfica

En 1996, cuando llevaba una carrera periodística y literaria de casi cuarenta años, José Jiménez Lozano afirmaba que «no sólo no me disgusta ser así una especie de escritor secreto...o "privado" como me gusta a mí decir, sino que creo que es lo más a que podría aspirar un escritor: que sus libros se encuentren con alguien o ese alguien con sus libros en un plano de intimidad profunda, de apasionamiento, de compañía» (Una estancia holandesa. Conversación, 1998: 20).  La natural tendencia del autor hacia la sencillez y la discreción con respecto a todo lo que atañe a su vida privada ha ido acompañada, desde el principio de su trayectoria, del temor de «contaminar» su obra con su «yo»:

Yo querría que se leyesen y se amasen mis libros, pero que se olvidase el nombre de quien los escribió. Y no es que no me importe el afecto o el aprecio de los demás: me importa del todo y es lo que me ayuda a vivir; pero ¡tengo tanto miedo al «yo», a la vanidad, al orgullo, a la estupidez, a la condición de «autor», a la gloria! Aunque no sea más que lo que envejece y madura y le convierte a uno en muñeco, en mortaja; pero también y sobre todo porque el triunfo de un «yo» se hace siempre, como todos los triunfos, con sangre ajena. (Elegías menores, 2002: 171)

«Mi biografía personal», ha escrito, «no tiene la menor importancia, y no rebasa los límites convencionales de la de un pequeño burgués instalado en el campo en un medio refugio y medio exilio; pero de todos modos ya queda también transparentada ---y conecta vida con escritura y a la inversa--- en los dos libros "Diarios" publicados. Y, por lo demás, como para cada ser humano, también en el caso del escritor pienso que donde mejor está su alma, y donde debe estar a solas, es en su almario» (Unas cuantas confidencias,1993: 9). Sin embargo, ciertos detalles contados por el autor en diversas entrevistas, conferencias y obras ensayísticas, o por personas que le conocen desde su infancia y juventud, nos permiten conocer determinados aspectos de su biografía personal y apreciar su relación con algunos personajes y temas que figuran en su obra narrativa.

 

José Jiménez Lozano nació en Langa, un pueblo de la Moraña abulense, en 1930. Su padre era secretario de ayuntamiento, y de su familia ha dicho el autor que le educó «en una cosa importante: la repugnancia a la violencia. Pero estoy hablando, incluso, de la violencia de un portazo» (Arcadi Espada, «José Jiménez Lozano. Un Cervantes muy castellano», en El País Semanal, 16 de febrero, 2002, 12). Sus recuerdos de la infancia le parecen «algo así como relámpagos y fulguraciones, personas y lugares que se me aparecen con mayor o menor claridad», aunque por otra parte, «están en el humus de algunas narraciones mías, pero nada más que en el humus» (Una estancia holandesa, 1998: 79). De la guerra civil sus recuerdos son «escasos»:

Conservo en la retina una calle entera de Madrid: la de Segovia, bajo el Viaducto, llena de camisas rojas; también grupos de jornaleros con hoces amenazantes, y unos hombres con las manos atadas con sogas y calzados con unas alpargatas blancas de lengüeta amarilla, gentes llorando. Pero, en el oído, tengo aún la memoria de noticias terribles, que tenían que ver con que llegase al pueblo un coche, o «la camioneta»....conocía a gentes que habían estado en la cárcel, y tenían por eso una especie de aureola o como si demandaran un suplemento de respeto; pero por nada que tuviera que ver con la política, sino porque habían estado en un lugar misterioso y terrible, algo así como en el infierno. Y habían salido de él (...) Y recuerdo también la llegada de un muerto en el frente en el que se le hicieron unos funerales de héroe. Desfilamos ante el cadáver los chicos de la escuela como ante el cadáver de Aquiles o Patroclo, y se hablaba tanto y tan encendidamente de aquella muerte como si fuera una gesta, que creo que es la única vez en mi vida que me he rozado con lo épico (Una estancia holandesa, 1998: 83-84)

Otro episodio de la época de la guerra, contado por el autor en varias ocasiones, aparece en su libro de notas Segundo abecedario:

Releyendo una vez más la Antígona, de Sófocles; y una vez más el recuerdo, difuso en cuanto a su rostro, de aquella mujer que fue mi madrina de bautismo y que, como he oído contar tantas veces, se enfrentó una noche a los fusiladores de un joven vecino suyo que trataban de impedir a la madre que gritase de dolor y llevara luto.

Sólo más tarde, naturalmente, supe que era Antígona, pero supe siempre, porque lo decían, que era alguien extraordinariamente importante, y se había atrevido a hablar cuando «hasta la Iglesia callaba», como decían las gentes, contra la barbarie y la violencia; y el pequeño huerto en el que cosía a la sombra de la parra me parece ahora mi primer encuentro con Port-Royal. (Segundo abecedario, 1992: 54-55)

 

La memoria del autor acerca del tiempo de la post-guerra es, en cambio, «más cercana y rica»:

Si cierro los ojos, lo que veo enseguida es un mundo iluminado con candelas o velas, candiles, quinqués, faroles o carburos. La luz eléctrica fallaba con frecuencia en la aldea en que vivía, y me parece que me gustaba que fallase (...) ese mundo de mi infancia me acostumbró a ver los rostros a la luz de una candela, como si hubiera vivido en el siglo XVII, y a la fascinación y al misterio de las sombras...y creo que también me percaté muy pronto de lo que significaba decir que la vida humana es como una sombra: velut umbra (...) Tal era ese mundo: la luz de las candelas...también unos titiriteros que interpretaban Hamlet con una calavera de verdad y Ofelia que se ahogaba coronada de rosas, la historia de José y sus hermanos con la que lloraba...no tuve una «educación sentimental» precisamente. Aprendí muy pronto: ex experientia cómo funciona la historia, y cómo se escribe. Un niño se da cuenta en seguida del poder de unos hombres y de la impotencia de otros (Una estancia holandesa, 1998: 83-84)

Estas experiencias perturbadoras tuvieron, sin embargo, su dimensión positiva:

...tengo clara una cosa: en medio de aquella post-guerra civil, llena de odio y violencia, con pobreza solemne y aplastamientos, aprendí la misericordia para los que sufrían, que implicaba el ayudarles de inmediato como se pudiese, y desde luego la escucha también de lo que tenían que decir. Y he vivido mi infancia entre relatos: los de los vencidos y los de los vencedores. Y así aprendí también que los verdugos eran también hombres, lo que hacía que aceptaras que te dijeran algo muy importante: que había que andar con cuidado porque podías hacer las cosas que ellos habían hecho (Una estancia holandesa, 1998: 95)

Jiménez Lozano afirma que:  

...yo bien recuerdo la miseria de post-guerra civil española. Pese a lo que se asegura, con psicologismos, acerca de que un niño no se percata de esas situaciones, yo sé muy bien que no es verdad. Gadamer dice que un niño de seis años ya se percata del hecho definitivo de la muerte, que aparece como absurdo a sus ojos, y le conduce a preguntar lo que no tiene respuesta; como para él no la tiene tampoco ese otro hecho de que un niño como él tenga hambre y no pueda llevarse nada a la boca; la suerte misma de los simples perros callejeros nos atormentaba. Y lo cierto es que las filosofías y teologías que hacíamos eran muy serias; pero hacíamos todas éstas después de darles algo, o todo, de nuestra merienda a nuestro amigo, y también a los perros, o cogiendo a escondidas alguna vianda en casa, o sisando de nuestras pequeñísimas propinas. No era sentimentalismo; un niño no es sentimental en absoluto. Sabíamos ya perfectamente, aunque jamás habíamos oído tal palabra, que la solidaridad es una pura hipocresía. Entonces, adoptaba ésta la fórmula casi jaculatorial, pero que nos sonaba a blasfemia, de ¡Dios le ampare, hermano!, para dar con la puerta en las narices a un pobrecillo que pedía por Dios para su hambre (Los cuadernos de letra pequeña, 2003: 212)

 

Jiménez Lozano cursa sus estudios primarios en Langa y Arévalo (Una estancia holandesa, 1998: 98); de esta época son los viajes a Ávila con su padre o su abuelo en bus de gasógeno, a «hacer gestiones»: cuando al final del «periplo» aparecía la ciudad «con sus murallas y su caserío descendiendo hasta el río Adaja, a mí me parecía Constantinopla» (Ávila, 1988: 23) También recuerda que «los mercadillos de los viernes, con su colorido oriental, me fascinaban tanto como las murallas» (Segundo abecedario, 1992: 199) En esta ciudad realiza Jiménez Lozano los estudios de bachillerato elemental, mientras se inicia en la lectura de los clásicos de la literatura europea; encuentra «siendo adolescente y en años muy bravos y oscuros, unas obritas de Erasmo, que relucían como un candil en un escaparate e hicieron de mí, que era un azoriniano, un erasmista» (Avila, 1988: 17), y con sus compañeros visita la capilla de Mosén Rubí, de la cual se decía que los escudos y signos que la decoraban eran masónicos:

Los masones, en el siglo pasado, dieron por hecho que este templo había sido una logia y les complacía mucho tenerlo en una ciudad tan mística, incluso si habían sido despojados de él por los oscuros poderes clericales. Y, en esas mi niñez y adolescencia, los masones, mucho más que los judíos o los comunistas, eran algo tan enigmático y amenazador, pero a la vez tan fascinante, que aquella iglesia poligonal junto a la puerta de la muralla llamada del Mariscal, nos atraía como un imán (Ávila, 1988: 143)      

Jiménez Lozano comienza los estudios de bachillerato en el Instituto de Ávila y los termina en el Instituto Zorrilla de Valladolid. En 1951 empieza la carrera de derecho en la Universidad de Valladolid(«...por un afán práctico. Era lo que querían en casa» (Espada, «José Jiménez Lozano. Un Cervantes muy castellano», en El País Semanal, 16 de febrero, 2002,12), cursando al mismo tiempo estudios de Filosofía y Letras en las Universidades de Salamanca y Madrid. Después de obtener la licenciatura de Derecho en 1956, se desplaza a Madrid con la intención de preparar la oposición a Judicatura. Sintiéndose incapaz de juzgar a nadie, abandona la preparación de la oposición y al año siguiente se matricula en la Escuela Oficial de Periodismo (Javier Pérez Pellón en«Los papeles de cada día. Homenaje a José Jiménez Lozano», José Jiménez Lozano. Premio Nacional de las Letras Españolas 1992, 164). Al poco tiempo inicia su colaboración con El Norte de Castilla, en una columna semanal titulada «Ciudad de Dios»; más tarde, según cuenta Jiménez Lozano, «se formó una sección de crítica política, bastante insólita para la época, que la llamábamos inocentemente El caballo de Troya...[éramos] Manuel Leguineche, César Alonso de los Ríos, Martín Descalzo, Javier Pérez Pellón, Molero, un abogado de Valladolid, Campoy, que era el jefe de la Redacción...Delibes, que entonces dirigía el periódico...nos dio gran libertad...En realidad, queríamos hacer inocentemente lo que hacían los franceses. Eso lo decía Aranguren muy bien: "Estamos haciendo aquí los Sartre y los Mauriac de Francia, sin serlo"» (Espada, «José Jiménez Lozano. Un Cervantes muy castellano», en El País Semanal, 16 de febrero, 2002,12) En 1963 publica una selección de sus artículos periodísticos en el libro titulado Un cristiano en rebeldía, y es enviado como corresponsal en el Concilio Vaticano II por El Norte de Castilla y también por la revista Destino, en cuya publicación aparecerán sus crónicas y artículos en una sección titulada Cartas de un cristiano impaciente. En 1965 se incorpora a la Redacción de El Norte de Castilla, donde desempeñará el cargo de subdirector a partir de 1978, y de director desde 1992 hasta su jubilación en 1995. En 1966 aparece el primer libro-ensayo del autor, Meditación española sobre la libertad religiosa, que surge de las preguntas que el autor se plantea acerca de «ciertas reticencias, un cierto escándalo y hasta una cierta oposición al espíritu conciliar del Vaticano II» y que le conducen a una reflexión «amplia y libre en torno al sentimiento religioso español en general y, más concretamente, en torno al sentimiento de la libertad religiosa, como una especie de encuesta religiosa en nuestra historia.»

 

Jiménez Lozano inicia la década de los '70 con la publicación de su primera novela, Historia de un otoño (1971), que trata de la resistencia de las monjas de Port-Royal des Champs frente al poder del Rey Luis XIV y del papado («el primer acto de una conciencia civil en la modernidad histórica», Una estancia holandesa, 1998:24), y de El sambenito (1972), una recreación del proceso inquisitorial de Pablo de Olavide. En 1973 aparece su tercera novela, La salamandra, la primera de las obras de Jiménez Lozano que trata de la Guerra Civil española, así como otra recopilación de artículos periodísticos, La ronquera de Fray Luis y otras inquisiciones, y una biografía del Papa Juan XXIII. La primera colección de relatos breves del autor, El santo de mayo, sale en 1976, y al año siguiente aparece Retratos y soledades, «una pequeña pinacoteca o un álbum de fotografías familiares...cristianos de otro tiempo o de este mismo tiempo nuestro, o no-cristianos también pero igualmente excelentísimos especímenes de lo que es ser hombres y que nos ayudan a serlo» (Retratos y soledades, 1977, 9-10). La obra de este decenio se cierra con la publicación de un ensayo histórico, Los cementerios civiles y la heterodoxia española (1978), un trabajo que se centra en «los problemas religiosos, sociopolíticos y humanos, y solo de modo secundario sobre problemas jurídicos o sobre la materialidad de esos agrios corrales de muertos» (Los cementerios civiles y la heterodoxia española, 1978: 9).

Vuelve Jiménez Lozano a la novela en 1982 con Duelo en la Casa Grande, que transcurre en la posguerra civil, y también al ensayo histórico, con el «diálogo interior» Sobre judíos, moriscos y conversos, la primera de tres obras del autor que tratan de la compleja y, en muchas ocasiones, problemática convivencia de las tres tradiciones religiosas en la península ibérica; las otras dos son Guía espiritual de Castilla (1984), una reflexión sobre algunos personajes y lugares especialmente significativos para el devenir histórico de esa región española, y Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda (1325-1405), de 1985, una novela que se basa en un «texto encontrado» para narrar, a través de las vivencias de su protagonista, los trágicos acontecimientos que asolaron las aljamas españolas a finales de la Edad Media. Al año siguiente aparece, bajo el título de Los tres cuadernos rojos, el primero de los diarios, o cuadernos de notas, de Jiménez Lozano, que abarca los años 1973 a 1983; durante los próximos veinte años, el autor publicará otros tres tomos de diarios: Segundo abecedario, que recoge los apuntes de los años 1984 a 1988, La luz de una candela (de 1989 a 1993), y Los cuadernos de letra pequeña (de 1993 a 1998). Sobre estos libros y su importancia para un cabal entendimiento de la obra del autor, A. Medina-Bocos ha escrito lo siguiente:

[No] se trata de lo que habitualmente se entiende por diarios. No hay en ellos fechas, sino sólo menciones generales del año a que corresponden las notas...Se trata de textos variadísimos que incluyen notas de lecturas, impresiones sobre el paisaje, conversaciones acerca de los más diversos temas, comentarios al hilo de los sucesos políticos, apuntes de historias que le han contado, visitas a exposiciones, algunos proyectos...Se trata de algo así como una biografía espiritual, de enorme interés para conocer el humus en que se han ido fraguando los ensayos y las narraciones del autor, y a estas anotaciones hay que remitirse necesariamente para entender algunas de las claves de su escritura («Claves para la lectura de José Jiménez Lozano», en Anthropos, 2003: 180)

 

En 1988 Jiménez Lozano recibe el Premio Castilla y León de las Letras por el conjunto de su obra y publica dos ensayos---Ávila y Los ojos del icono, primero de sus estudios sobre la evolución de la estética y del significado del arte en la historia de Europa---, así como la antología de cuentos titulada El grano de maíz rojo, por la cual recibirá, al año siguiente, el Premio Nacional de la Crítica. En 1989 ve la luz Sara de Ur, la primera narración del autor basada en la Biblia; en 1990 se publica Estampas y memorias, una obra surgida de la exposición Las Edades del Hombre, iniciativa cultural de la que el autor fue uno de los impulsores, y en 1991 sale la tercera colección de cuentos, Los grandes relatos.  En 1992 Jiménez Lozano es galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, y son publicados su recreación de la vida de San Juan de la Cruz, El mudejarillo, y su primer libro de poesía, Tantas devastaciones. Al año siguiente aparecen otras dos novelas (Relación topográfica y La boda de Ángela) y la cuarta colección de cuentos, El cogedor de acianos. En 1994 recibe el Premio Luca de Tena de Periodismo por su artículo «El retablo eterno de las maravillas».

A partir de 1995 (el año de su jubilación de El Norte de Castilla), el ritmo de las publicaciones del autor se acelera, con la aparición de once novelas (Teorema de Pitágoras, 1995; Las sandalias de plata, 1996; Los compañeros, 1997; Ronda de noche, 1998; Las señoras, 1999; Maestro Huidobro, 1999; Un hombre en la raya, 2000; Los lobeznos, 2001; El viaje de Jonás, 2002; Carta de Tesa, 2004; Las gallinas del Licenciado, 2005) y cinco libros de poesía (Un fulgor tan breve, 1995; El tiempo de Eurídice, 1996; Pájaros, 2000; Elegías menores, 2002; Elogios y celebraciones, 2005). De este período son también la colección de cuentos Un dedo en los labios (1996); el ensayo Retratos y naturalezas muertas (2000), un «diálogo interior sobre cosas y porque sí, como confidencias al atardecer» (Retratos y naturalezas muertas, 2000: 11); Fray Luis de León, una «vida literaria» que se centra en el juicio llevado a cabo por la Inquisición contra el Maestro salmantino y otros biblistas de la época; y una recopilación de artículos periodísticos procedentes de los diarios El Norte de Castilla, El País y ABC y de las revistas Destino y El Semanal entre los años 1968 y 1999 (Ni venta ni alquilaje, 2002). En 1998 Jiménez Lozano es nombrado Patrono de la Residencia de Estudiantes, y al año siguiente es distinguido con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. En el año 2000, recibe el Premio Nacional de Periodismo «Miguel Delibes» por su artículo titulado «Sobre el español y sus asuntos», y en 2001 es designado Patrono del Instituto Cervantes. En diciembre de 2002, se le concede el Premio Cervantes de Literatura en Lengua Castellana, como culminación de una larga y prolífica carrera literaria, y entre los años 2003.

En 2006 Jiménez Lozano publicará dos nuevas entregas de sus diarios, Los cuadernos de letra pequeña y Advenimientos, así como la colección de relatos El ajuar de mamá (2006). Comienza a colaborar quincenalmente con el diario La Razón. En este diario aparecen sus artículos, comentarios sobre lo que pasa, casi siempre en relación con un hecho de la historia o un relato literario. Este año se inaugura la biblioteca José Jiménez Lozano del Instituto Cervantes de Utrecht. Recibe además el Premio Cossío por su trayectoria profesional y es nombrado Académico de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.  Al año siguiente publica La piel de los tomates, una nueva colección de cuentos y como retablo de los tiempos. Coincidiendo con la Navidad de 2007, ve la luz Libro de visitantes, una historia basado en el Nuevo Testamento que se recrea desde la fórmula del manuscrito hallado y cuyos protagonistas son los personajes que rodearon el nacimiento de Jesús de Nazaret.   El 2008 entrega una nueva novela Agua de noria que sigue las pautas de la novela policiaca, así como un nuevo libro de poemas, Anunciaciones, en una edición muy cuidada de El gato gris. El mundo universitario lo honra con el Doctorado Honoris Causa por Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria, ocasión para la cual pronuncia un Discurso sobre la novela de Unamuno San Manuel Bueno, mártir, y es nombrado Socio de Honor de la Asociación para la Investigación y la Docencia Universitas.  En el 2009 aparece El azul sobrante, la octava entrega de cuentos del autor, y Jiménez Lozano recibe el Premio Bravo de la Comunicación.

 

El año de su ochenta cumpleaños es especialmente fecundo: una novela -Un pintor de Alejandría- publicada por Ediciones Encuentro con  motivo de su cumpleaños y como homenaje. Se edita el relato de El Atlas de las Cinco Ínsulas.  Además de la publicación de una nueva entrega de sus diarios titulada Los cuadernos de Rembrandt y un  poemario, La estación que gusta al cuco, los dos publicados por Pre-textos. Este mismo año de 2010, se inaugura el Instituto de Educación Secundaria José Jiménez Lozano en Valladolid.  A finales de 2011 se publican unas conversaciones literarias con la profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Guadalupe Arbona, tituladas Las llagas y los colores del mundo.

Victoria Howell [VH]