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Y mientras se alejaba, su figura se hacía más alta. José Jiménez Lozano o la libertad de escritura

28-07-2021 / Rocío Solís Cobo - Fotos: Graziella Fantini

Hace unos años se vio la bondad de convocar un congreso en torno a la personalidad y la obra del escritor José Jiménez Lozano; dicho literalmente, con él en medio, o quizá escorado, que sería más su forma de estar, pero con él y su obra presentes.

La realidad es testaruda y las circunstancias que esculpimos se desvanecen o cambian a golpe de un cincel misterioso. El congreso no se dio porque nada "se dio" el curso pasado a causa de la pandemia. Pero además, porque D. José se nos escabulló hacia otro encuentro. Falleció antes de que el país se "cerrara por enfermedad" y mientras el programa del congreso se trabajaba y se moldeaba.

Pero la realidad siempre hace cuentas y nos permite volver a lo que hemos custodiado con tanto esmero. El encuentro organizado por José Ángel González Sáinz como director del Centro Internacional Antonio Machado, Graziella Fantini como traductora del autor y coordinadora, Guadalupe Arbona y Antonio Martínez Illán, encargados del programa, ha tenido lugar del 19 al 21 de julio en el convento de la Merced de Soria. Bajo la cúpula del aula Tirso de Molina, veinticinco personas han destilado su pensamiento, sus pesquisas, sus encuentros con el autor, permitiendo que los ávidos de conocer quien era ese abulense bajito, de ojos claros e ironía tierna pudieran hacerlo, y que aquellos que acudían conociéndole mucho y echándole tanto en falta, volvieran a hacer memoria de aquello que les fascinó, para profundizarlo y dotarlo de fundamento y rigor.



Durante tres días nos han contado que Jiménez Lozano rescata de la historia a personajes que no están desgastados y que con sus aristas tienen mucho que decir a un mundo que aún no les ha escuchado, como nos indicó Andrés Trapiello, o Fermín Herrero al hacernos caer en la cuenta de que todos los libros del autor son el mismo con modificaciones, es decir, un fulgor sobre el que insiste pero con voces distintas en cada género. Stuart Park nos presentó a la maestra de la escritura de D. José: la biblia, y Raúl Asencio nos descubrió los haikus que se esconden en su poesía o la comunión que se esconde en toda palabra viva venga de donde venga. María Merino y Carlos Aganzo nos hicieron viajar hasta la redacción del periódico donde vimos al escritor-periodista trabajar y desgastarse por la libertad de conciencia, más inquebrantable aún que la libertad de expresión. Anna Formicheva nos sitúo de manera magistral en el mapa de sus novelas para transitarlo con brújula y Alfonso Armada mostró las fotos de ese viaje que ahora se antoja lleno de agradecimiento, desde el que habló Ángeles Salgado por haberle mostrado los peligros de los poderosos. Guadalupe Arbona nos obligó a agudizar la mirada, una vez más, para ver el acontecimiento que sostiene las historias de D. José y cuyo eco está en sus lecturas. Martínez Illán y Carmen Hernando nos presentaron a su amiga Simone Weil; Enrique Andrés Ruiz nos propuso hacer cuentas con el aguijón existencial de la poética del autor y Reyes Mate y José Bernardo San Juan pusieron el acento en el drama de la libertad. Y Basilio Pujante, Rocío Solís, Roberto Jiménez, Santiago Moreno. todos destilaron al maestro, creando y transitando nuevas rutas de lectura.

Y como se dijo en uno de los fulgores de esos días. a medida que el autor se alejaba, todos le veíamos más grande.



 

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